El Tiempo en Corrales de Buelna,Los

26 marzo 2020

LA FONDONA

En ocasiones, uno parece que conoce muchas cosas de su pueblo, pero cuando intenta profundizar en ese conocimiento, se da cuenta que lo único que tienes son profundas lagunas sobre el mismo. A lo largo de este “trabajo” sobre una calle de nuestro pueblo, han sido muchas las personas que han solventado mis carencias sobre el tema. Pero de hecho, la que más me llamó la atención fue mi desconocimiento total de la existencia de un edificio, al que le denominaban como “La Fondona”. Es curioso que, cuando tuve conocimiento de su existencia y preguntaba a otras personas, estás también desconocieran su existencia. Veamos donde se ubicaba y cuáles eran sus funciones.
La Fondona estaba situada muy cerca de lo que ahora conocemos como el botiquín de Nissan, hacia donde están las naves de Mecobusa. Este edificio fue derruido y actualmente no quedan vestigios del mismo. En cambio si quedan recuerdos en la memoria de los que allí estuvieron e incluso vivieron en él.
El nombre de Fondona, no tiene ninguna relación con la actividad de sus inicios. Antes, el edificio había sido uno de los molinos que existían en el valle, de hecho era conocido como el molino de San Ignacio, situado en la zona de La Horcada, cuya función era la molienda de cereales. Pero, el 20 de octubre de 1883, José María Quijano procede a su compra. Es un edificio de forma rectangular de ciento veintiséis pies de largo por sesenta de ancho, aproximadamente de cuarenta por veinte metros, con tres alturas o plantas y desván. En este edificio se desarrolló la instalación completa de trefilería y galvanizado. Pero las cosas van cambiando. En Europa se están produciendo avances tecnológicos y José María Quijano asume estas innovaciones, lo que hace que, poco a poco, el edificio de San Jorge va perdiendo su importancia dentro del sistema productivo de la fábrica y pasa a tener otras funciones.
A partir de ese momento, José María Quijano decide destinar el edificio como lugar de vivienda para las personas que, poco a poco, se iban incorporando a la empresa, y que provenían de distintas zonas de la provincia y de otras limítrofes. La fábrica pasó a ser centro de atracción para personas proveniente de la cuenca alta del Besaya, de la zona de Liebana y de la zona oriental de Asturias. Con el tiempo esa atracción se fue extendiendo a la zona de Castilla, fundamentalmente hacia Palencia. ¿Quién no se acuerda de “los maquetos”? Posiblemente muchos tenemos algún “maqueto” entre nuestros antepasados. Yo, por suerte, tengo una parte de mis antepasados en la zona de Palencia. Cosas de la vida.
En esos momentos el edificio pasó a estar integrado por 18 viviendas, repartidas en tres pisos con seis viviendas cada uno. El interior de la Fondona, era idéntica en las tres plantas, un amplio pasillo a cuyos lados estaban las puertas de acceso a las viviendas. El pasillo era tan ancho que era frecuente, sobre todo en invierno, ver a los hijos de los obreros estar jugando en el mismo. Una vez atravesada la puerta de la casa se encontraba el salón, donde estaba instalada la cocina de carbón que se utilizaba durante todo el año; en el centro se encontraba la mesa con las sillas donde la familia se reunía para comer o cenar; el padre estaba, dependiendo del turno de trabajo. Es posible que en las casas con mayores recursos pudiera existir un aparato de radio de la época que amenizarían la vida de la familia. Además había otras tres habitaciones, donde vivían los integrantes de la familia, y además había una pequeña habitación donde estaba el servicio y lavabo. Todo muy distinto a nuestras casas actuales.
En frente a La Fondona, antes de llegar a la carretera, había una plaza sumamente importante para los residente en la misma, pero fundamentalmente para los niños que vivían allí. En los días de buen tiempo allí se salía practicar los juegos de la época. En los días del mal tiempo no quedaba más remedio que la casa, o los amplios pasillos que había en los pisos, aunque aquí corrían el riesgo de las broncas de los vecinos.
Es curioso observar, que los dueños de la fábrica no solo daba trabajo a vecinos del pueblo y de otros lugares, si no que siempre se preocupó por dar vivienda a sus obreros, fruto de ellos fueron los distintos barrios que surgieron en el pueblo. Y además de la vivienda, esta iba acompañada por un importante terreno que se podría cultivar y un gallinero. A los obreros que vivían en La Fondona, tenían asignado una pequeña huerta situada en la finca de la Horcada. Allí las familias podían sembrar distintos tipos de productos hortícolas, que venía a suponer una importante aportación a la familia. También era frecuente la presencia de distintos árboles frutales que hacían las delicias de los niños de La Fondona cuando iban a “robarlos” y, sobre todo si no les pillaban los dueños. Así hay varias personas que en aquella eran época eran muy jóvenes tenían puestos los ojos en los árboles frutales de Julio Portilla y su esposa María. Cuando estos frutos maduraban, era el momento de darse un “atracón” de piescos, manzanas o nueces.
Las personas que vivieron en La Fondona fueron bastantes, pues si bien, como ya hemos indicado, existían 18 viviendas, lo cierto es que a lo largo de su periodo de funcionamiento, algunas familias por distintas razones abandonaban la vivienda, y automáticamente la fábrica se la asignaba a otra familia.
En todo caso éstas son las referencias que he obtenido, aunque hay muchas personas que tenían más información.
En el primer piso estuvieron viviendo los Orcajos; una familia, que tenían un hijo llamado Miguel, al que no le gustaba que le llamaran “Miguelito”, con lo cual todos suponemos lo que consiguió. Estaba también Lan; Ramona que era soltera; y estaba la familia de Emilia y su marido (no conseguí el nombre), que vinieron del Valle de Iguña y después pues pasaron a vivir a Cieza.
En el segundo piso vivieron Pancho Arminio y su madre Dolores, personas que de cierto poder adquisitivo pasaban los inviernos en Chile y el verano aquí, en el pueblo; también vivía Severino, que tenía un carácter muy emprendedor y con grandes conocimientos como mecánico y que llegó a fabricar una máquina para elaborar fideos; también vivía María, la de Collado; y también en este piso vivió la familia de Villamuera.
Ya en el tercer piso nos encontramos a Anacleto; el Che, persona al parecer muy inteligente; también estaba María, la de Portilla; María, con su hija de nombre Elena y por último la familia Urreta.
Una de las personas que vivió en las casas de la Fondona, concretamente una de las que había en la 1ª planta, fue Saturnino López y su esposa, que anteriormente residían en el pueblo de Quintana. Él, vino solo al pueblo. Cuando le dieron una casa en La Fondona, se trasladó con su familia a Los Corrales. Él era un obrero que trabajaba en la fundición, lugar de trabajo de condiciones muy duras. Era una jornada de trabajo soportando un calor elevado, un aire contaminado, y continuo traslado de chatarra de hierro al horno. En una ocasión, entre la chatarra que se tiraba al horno, iba una bomba de la Guerra Civil, provocando una explosión que afectó a varios obreros y con mayor virulencia a Saturnino, al que el médico le dio muy pocas posibilidades de vida, ante lo cual el sacerdote decidió darle la Extremaunción, por si acaso no llegaba al Hospital de Valdecilla. Contra todo lo previsible, Saturnino salió de aquel profundo bache y continuó trabajando.
Otra de las familias que estuvieron viviendo fue la formada por Silverio Villamuera y su esposa Afrodisia Andrés. Ambos eran originarios de las tierras castellanas. De hecho Silverio, era originario de la provincia de Palencia, concretamente del pueblo de Becerril del Campo, y su esposa era de un pueblo de la provincia de Burgos cerca de Palencia.
Con el tiempo ya casados se trasladan a vivir a la zona de Cartes, dado que Silverio había entrado a trabajar en las minas de Reocín, como conductor de la locomotora que transportaba los minerales de la mina al exterior.
Allí estuvo trabajando durante un tiempo en que se le ofreció un trabajo en la fábrica de Quijano en Los Corrales. El sueldo era mayor, las condiciones de vida también mejoraban para él y su familia y, profesionalmente seguía desempeñando el mismo oficio de conductor de la locomotora, “La Tonina”, que transportaba mercancías desde la vía del tren hasta el fondo de la fábrica. Su hijo mayor, Miguel, con el paso del tiempo desempeño en la fábrica el mismo oficio de maquinista de “La Tonina”. Esta parece que en un momento dado fue vendida a un hotel o algo por el estilo como elemento de referencia del mismo. ¿Lugar? No he sido capaz de averiguarlo.
La familia antes de pasar a vivir en La Fondona, estuvieron un tiempo residiendo en San Mateo. Tuvo que esperar un tiempo para que hubiera un piso libre en La Fondona para ir a vivir allí. Su piso era igual a los del resto de las personas que allí vivían. Tenían su pequeño huerto, situado al lado de la Cooperativa, en la que los árboles frutales debían ser muy interesantes, pues su nieto Miguel, tiene muchos recuerdos de dichos árboles, no por observar sus frutos, sino por su sabor, máxime si eran del vecino.
Otra de las familias que vivieron allí fue por la formada por Faustino Sánchez y Aurora Noriega. Faustino era originario de San Vicente de la Barquera, donde ejercía como maquinista de un barco pesquero de vapor. Su mujer, Aurora, era originaria de Revilla, pueblo cercano a San Vicente. Tuvieron 4 hijos, Toño, conocido de manera cariñosa como el “Tortuga”, Tino, Amalia e Inés.
Durante la Guerra Civil, Faustino era un falangista, que fue detenido y trasladado a la cárcel del pueblo y más tarde trasladado al Penal del Dueso, en Santoña. Por otro lado, su esposa Aurora, fue desposeída de su casa y tuvo que trasladarse a Revilla, donde contó con el apoyo de su familia, de hecho sus hijos fueron acogidos por sus tíos, mientras se solucionaba la situación.
La estancia de Faustino en el Penal del Dueso, no debió de ser muy agradable, pero su estancia allí, le dio la posibilidad de satisfacer su deseo de que sus hijos no tuvieran nunca que enfrentarse al duro y peligroso trabajo en el mar. De hecho, en el penal coincidió con José Antonio, el de la Casona de San Mateo. En ocasiones, cuando charlaban en el patio del penal José Antonio le decía: “Si algún día salimos de aquí, tú te vienes a Los Corrales”. Y así fue. Con la toma de la provincia por parte de los nacionales, se cumple la promesa de José Antonio y Faustino entró a trabajar en la fábrica de Trefilerías Quijano. Con el tiempo Faustino fue trasladado al taller de reparaciones.
Cuando se desplazó a Los Corrales, lo hizo solo, pues no tenía casa en la que situarse con su familia. Durante un tiempo, estuvo en la Fonda Buelna, en la que convivió con Arcadio Bustillo, persona que ejercía la actividad de representante. Posteriormente la fábrica le designó una casa en La Fondona, situada en el primer piso. Parece que su ubicación no era muy buena, pues no había mucha claridad y durante el invierno había que gastar mucho carbón en la cocina. De hecho, más tarde tuvieron la posibilidad de trasladarse al tercer piso, y se acogieron a ella.
Fueron más personas a las que podíamos pedir información. Pero las cosas van cambiando. La fábrica ve que La Fondona, es un espacio necesario para el desarrollo industrial y no es rentable seguirlo usando como zona de vivienda. Así hacia el año 1955, la empresa crea nuevo barrio situado en la zona del Bardalón. El nuevo barrio llevará el nombre de San Fernando, una zona pedregosa, que se cubren con la tierra que se extrae de la zona pantanosa del el limo o tierra que después va a ser la huerta que había en cada casa. Son casas de planta baja, con una buena huerta. Hay siempre dos casas adosadas de planta baja, con una buena extensión de huerta, pero en principio, por lo que dicen no muy productiva por el origen de la tierra que vertida en ella.
Además de La Fondona, en la zona había varios edificios con funciones diferentes. Así había una casa donde vivía Catalina, y que era la residencia de donde los ingenieros de la fábrica solían ir a comer. Parece según comentan también en ocasiones los ingenieros utilizaban las habitaciones para dormir.
También estaba la casa de Matías Varela, que regentaba un pequeño bar, en el que además tenía un pequeño horno en el que se elaboraba pan, que posteriormente vendían a los obreros para sus bocadillos.
En las cercanías de la fundición, los obreros depositaban los restos de la misma, dando lugar a una planicie en la zona. Era frecuente que en esta zona hubiesen cerdos que se traían con destino al matadero, y allí permanecían un tiempo. Los amos de los cerdos solían alimentarlos con bellotas. Los niños de La Fondona, cuando esto ocurría no dudaban en ir a coger las bellotas para comerlas. ¿Comer bellotas? Hace años, cuando estaba en la Universidad, un compañero de clase, que provenía del campo salmantino, apareció en clase con un puñado de bellotas que cogía en los encinares. Las probé y la verdad que resultaron algo tan agradable como las castañas o las nueces. Por eso no me extraña, que los niños compitieran con los animales para hacerse con ellas.

EL BOTIQUÍN DE LA NISSAN

Al seguir caminando en dirección a la portería de la Nissan, y enfrente de donde antiguamente se situaba la Cooperativa, nos encontramos con un edificio diferente en todos los aspectos a los que existían y existen en la zona. Es un edificio alargado y de poca altura, si lo comparamos con los existentes en la zona. Es un edificio de piedra, con 7 ventanas y una puerta. En el primer lateral situado al oeste no encontramos con un mirador, todo cerrado por una cristalera. En uno de los laterales del edificio, en el que está más cerca de la portería de Nissan, nos encontramos con dos ventanas y, en medio, una puerta; en la parte superior, hay una puerta con una barandilla de madera.
Este edificio, actualmente cumple dos funciones diferentes. Por un lado, está la oficina de la dirección de la empresa y, por otro, es donde está situado el botiquín de la misma. Allí se presta atención a los problemas médicos que presentan los obreros. Al frente del botiquín está un facultativo de Medicina y tres enfermeros, estos últimos desempeñan sus funciones uno por cada turno.
Pero esto no siempre fue así. Este lugar hasta que pasó a ser propiedad de Authi, fue vivienda de una persona de mucho peso dentro de la fábrica Trefilerias Quijano. Vayamos con ello.
Si caminamos en dirección al puente, la primera casa que encontrábamos era donde vivió Daniel Hallado Ceballos y su familia. Pero ¿quién era Daniel Hallado? En primer lugar indicar, que he tenido la suerte de acceder a documentos y fotos de esta persona gracias a la familia de Daniel. Esto me ha permitido acercarme a una persona del que se tiene buen recuerdo en el pueblo.
Daniel era una persona originaria de Polientes, cuyo padre era Guardia Civil. Durante un tiempo, antes de pasar a vivir a zona de la fábrica, estuvo viviendo con su mujer Carmen Pérez en la zona de La Pelada, donde posteriormente va a vivir Felipe Lucio “Capeli”.
Entró en la fábrica en la sección de puntas, aquella en que la presencia de mujeres era bastante importante. Su capacidad de trabajo, su conexión con sus compañeros y su capacidad de organización hizo que sus superiores decidieran, en septiembre de 1939, elevarle de categoría, pasando a ser nombrado alto empleado, concretamente Jefe de Personal. Es evidente que supuso mayores responsabilidades, pero también una enorme satisfacción personal. Pero además le supuso el traslado a la nueva casa, con luz y agua gratis. Puede parecer una tontería, pero pongámonos en la época.
Daniel y su esposa Carmen junto con sus hijos Guillerma, Isabel conocida por los vecinos del pueblo como “Uca” y José Luis. La casa era al parecer algo maravilloso. Había un garaje, un lavadero, una bolera, gallinero con patos y jardines. ¿Muchas casas de estas características en el pueblo? Evidentemente no. Es cierto que muchas de las casas construidas por la fábrica para los obreros tenían huerta y gallinero, pero ¿alguna tenía lavadero? No. Pero, este lavadero tenía otra importancia para los hijos de Daniel y Carmen. En verano era un lugar para darse un buen baño sin peligro. Para algunos que no se sientan identificados con esta época, les puede parecer algo poco acertado, pero nada más lejos de la realidad. Mi infancia transcurrió en un pueblo de ganaderos, no había agua corriente, en invierno nos bañábamos en un barreño de metal y nos lavábamos en una palancana. En verano, el río era el lugar en el que iba el ganado a beber, una vez por la mañana y otra por la tarde, el río era donde se juntaban las mujeres a lavar la ropa y a “charlar” o “cotillear” de las cosas del pueblo, al río se iba a pescar, era una fuente de pescado, y el río era el lugar de baños y divertimiento. ¿Os imagináis lo que haríamos cualquier de nosotros si en esa época, tuviéramos un lavadero en nuestra casa? Pues disfrutar.
Por otro lado tenía un jardín que permitía la reunión la familia en los momentos especiales, sin tener que estar amontonado en la casa y parece ser, según me cuentan un pequeño estanque con peces, atractivo para los hijos del matrimonio.
Pero no siempre fueron bien las cosas en vida de Daniel y su familia. De hecho, como al resto de los vecinos del pueblo, como en toda España, la Guerra Civil repercutió de manera adversa en Daniel. En determinada ocasión, afiliados a la FAI (Federación Anarquista Ibérica), se acercaron a primeras horas de la mañana a casa de Daniel y exigieron su salida inmediata y, sin decir nada, se lo llevaron. La familia quedó con una gran angustia, pero ya sabían el resultado de aquellas requisas: “paseo” a la muerte y desaparición. Pero la sorpresa fue enorme cuando al cabo de tiempo Daniel regresó andando a su casa. La alegría de la familia enorme. ¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que la FAI, había actuado de forma diferente a lo que dicen, estaban habituados? La explicación de Daniel fue muy sencilla: había pedido que le dejaran hablar. Les había explicado cual había su ayuda a los compañeros dentro de la fábrica, les había dicho que preguntaran si alguien tenía alguna queja sobre su actuación con los compañeros de trabajo. Parece ser que los alegatos presentados por Daniel convenció al jefe de la FAI, que mandó dejarle en libertad y que regresase con su familia.
¿Creíble o no creíble, que la FAI dejara libre a una persona de ideas diferentes? Para mí, sí es creíble. Mi padre, Jesús, me comentaba que durante la guerra, cuando los republicanos controlaban el pueblo, se presentaron en casa de sus padres un grupo de personas, reclamando la presencia inmediata del Señor Doroteo, así se referían el resto del pueblo a mi abuelo. Personas armadas llevan a mi abuelo, sin decir nada sobre porqué le llevan ni a donde. Las expectativas no eran muy halagüeñas. Mi abuelo era el sacristán y organista de la Iglesia del pueblo. ¿Os imagináis, sacristán? Lo cierto es que le llevaron a directamente a la Iglesia, que en aquellos momentos se había convertido en la cárcel del pueblo, donde estaban detenidos todas las personas de derechas, partidarias del golpe de estado, o simplemente, como sucede en todas la guerras, y sobre todo, si son “civiles”, por rencillas personales. Atravesó la iglesia, entre los presos, y le llevaron a la zona que conduce a la zona del órgano, allí le esperaba quien estaba al frente de la cárcel y le comunicó que tenían un problema en el reloj de la Iglesia, que si podía arreglarlo. Mi abuelo lo hizo, y cuando terminó le mandaron para casa. Incomprensible ¿verdad? Pues es cierto. Y hay más, hubo una persona de mucha influencia en el bando de la izquierda, que cuando los nacionales entraron en el pueblo, se vio obligado a ir al exilio, que en cierta ocasión se dirigió a sus compañeros de ideas diciéndoles: “Al Señor Doroteo y familia, ojito, ni tocarlos” Es cierto que mis abuelos sufrieron la guerra como el resto de las familias del pueblo, independientemente del bando del que estuvieran. Mi abuela, la Señora Antonia, en muchas ocasiones cuando acudía a las filas de aprovisionamiento de alimentos, tenía que esperar a la cola, y cuando llegaba a la mesa de reparto, la mandaban otra vez a la cola. Así sucesivamente. Era la situación de la guerra.
Pero volvamos con Daniel. La situación se fue complicando, y nuevamente fue detenido y trasladado al barco-prisión Alfonso Pérez, anclado en el puerto de Santander. Durante su estancia en el barco se produjo el bombardeo de la ciudad por parte de la aviación nacional, lo que produjo un elevado número de muertos en la ciudad. Como represalia se produjo un asalto de barco-prisión y se ocasionaron unos ciento y pico de muertos entre los detenidos. Por suerte Daniel tuvo suerte de no estar entre los caídos.
En todo caso, la guerra terminó y la vida continuaba. Daniel seguía en la fábrica, y como hemos dicho, en el año 1939 fue nombrado Jefe de Personal dentro de la fábrica.
Pero Daniel Hallado, no fue solo una persona plenamente centrado en la empresa, sino que también jugó un papel importante en otras actividades como la Acción Católica del pueblo. El último día del año de 1943 fue creada la Sección de Adoración Nocturna de Los Corrales de Buelna, asistiendo varias personalidades del Consejo Diocesano, de la Corporación municipal y don Daniel Hallado, presidente de la Junta Parroquial de la Acción Católica. En noviembre de 1946, momento en el que se inaugura la Casa de Acción Católica, es Daniel, quien sigue siendo presidente de la Junta Parroquial, quien da una aplaudida disertación de lo que supone este nuevo paso.
Pero el tiempo pasa, y hay un momento en bajarse del tren y dejar que otros lleven las riendas del mismo. El 19 de julio de 1950, inicia su jubilación y por parte de la Sección de Personal con todas los representantes de los cargos directivos de la empresa, como de los obreros más antiguos de todos los sectores de la fábrica. Parece ser que fue un homenaje muy recordado, tanto por las palabras dichas por distinta personas de la empresa recordando el paso de Daniel por la fábrica, como las palabras de agradecimiento del mismo.
Daniel siguió viviendo en la casa de la fábrica hasta que se produjo la separación de Trefilería y Authi, quedando la casa como propiedad de Authi. Trefilerías le ofreció la posibilidad dejarle una casa en Los Corrales o Santander, según el considerada oportuno. Decidió trasladarse a Santander.
El año de 1971, el buen Daniel nos dejó. Es posible que, esté donde esté, se encuentre paseando trajeado y con sombrero negro, con su bastón y un libro para leer. Y si hay un corro de bolos, mejor que mejor.
Había una segunda vivienda, que al parecer la parte de abajo estaba habitada por José Ruiz Obeso, conocido por todos como Pepe “Cotera”, persona también de gran prestigio en la fábrica y en el pueblo. De hecho, “los Cotera” son muchas las personas que tienen este sobrenombre, y al que me he encontrado muchas veces cuando hablaba con los vecinos del pueblo, me decían: “Si, ese es un Cotera”. Es una familia numerosa.
Al parecer en la casa de arriba estaba ocupada por los abuelos de Vela, del que hemos hablado en el 2º Capítulo, en la casa que está en frente del Ayuntamiento.
En todo caso, creo que estas dos casas tienen que tener entre sus paredes muchas más recuerdos de los que yo he podido conseguir. Seguiré intentándolo.
Con el tiempo estas dejaron a ser propiedad de Forjas de Buelna, pasando a manos de Authi y posteriormente a Nissan.

LAS OFICINAS DE NISSAN

Desde la portilla de acceso y mirando hacia la izquierda se observa un edificio de color blanco en el que se sitúan las oficinas de Nissan. Actualmente en este edificio se sitúan varios sectores de la empresa. Así en la planta de abajo se encuentran por un lado el Auditorio, en el que con frecuencia se reúnen los obreros o los directivos de la empresa, para solucionar problemas que se presentan y, por otro, está la sección de Informática que controla que todos los sectores de la fábrica funcionen correctamente, pudiendo hacer rápidamente frente a los problemas que se originen.
En la planta de arriba está la oficina de personal y la zona de los guardas de seguridad.
Pero esto no siempre fue así. Este edificio durante muchos años tenía una función totalmente diferente. En este edificio, cuando pertenecía a Trefilerías Quijano, se encontraba lo que se denominaba el Laboratorio Central. Estaba situado en esta zona, porque era la más cercana a la Fundición. Había que analizar rápidamente los materiales fundidos.
En edificio constaba de dos plantas. En la de arriba estaba el Laboratorio de Química. Había que analizar rápidamente el material fundido, para ver la proporción de los materiales utilizados y poder proceder a su equilibrado sino eran los correctos. Normalmente, el laboratorio y la fundición estaban comunicados mediante un tubo por el que, mediante un mecanismo de aire, subía muestras del metal fundido al laboratorio, que rápidamente pasaba a su estudio. El resultado era enviado hacia la fundición para que realizara los cambios necesarios para obtener el material deseado. Este laboratorio de Química tenía al frente a Salcres, persona de origen inglés y que terminó jubilándose en la fábrica.
En la planta de abajo se encontraba el Laboratorio Metalográfico, al frente del cual se encontraba Diez Aja. La función de dicho laboratorio era el valorar la estructura del metal obtenido y la atracción de los mismos, en definitiva, ver si cumplía los objetivos requeridos.
Cuando fue necesario fijar la separación de la zona entre Trefilerías y Authi, dicho edificio pasó a manos de Authi, de ahí que tenga la función a la que nos hemos referido anteriormente. En todo caso, supuso un desplazamiento de muchos de las personas que trabajaban en el Laboratorio Central, a otras zonas de la empresa y, en último extremo a otros lugares de la provincia o de España, en búsqueda de trabajo. Muchos pasaron a trabajar en la fábrica de Equipos Nucleares, y de aquí, algunos como mi amigo Julián Pedrero, se desplazaron a Tarragona, para trabajar en la Central Nuclear de Vandellos II, hasta que llegó la jubilación. Es cierto, que la preparación de estas personas era elevada, por lo que no hubo problema para pasar a ocupar puestos relevantes en otras empresas, situadas en distintos lugares del país.

ZONA DE NAVES

Una vez sales de la Oficina Central y girando hacia la derecha, nos encontrábamos, tres naves que tenían diferentes funciones y que ahora ya han sido derribadas. La primera nave, que se encontraba pegada al muro que separaba la fábrica de las vías del tren, tenía la función de almacenaje de materiales necesarios para el funcionamiento de la fábrica, como por ejemplo el carbón. Antes de pasar a la siguiente nave, nos encontrábamos con la vía de ferrocarril que se adentraba por el sur en la fábrica dejando el material que era necesario para su funcionamiento.
La siguiente nave, la más larga, era la que tenía mayor variedad de funciones. Al inicio estaba la Oficina de Costos y la sede del Comité de Empresa. Seguido estaba el salón donde los obreros se reunían en asamblea para hacer frente a los problemas que se planteaban en ciertos momentos: subida de los salarios, aceptación o rechazo de las huelgas, etc. En épocas lejanas, esta nave también cumplió la función de ser zona en la que se proyectaba cine en determinadas ocasiones. Fundamentalmente en los días de Navidad, cuando la fábrica tuvo la feliz idea de premiar a los hijos de los trabajadores de la empresa con un día de cine, con sorteo de premios para varios asistentes; pero todos, al salir, recibían una bolsa con su correspondiente regalo. Con el paso del tiempo, estas sesiones de cine se trasladaron al salón del Aprendices del colegio de La Salle. De hecho, la empresa actualmente sigue haciendo con los hijos de los trabajadores. Por último, la nave se convirtió en sala de exposición de materiales.
La última nave, estaba situada en los márgenes que se establecieron al pasar parte de la fábrica a Authi. En esta nave estaba el almacén general de la empresa, allí se encontraban todos los materiales necesarios para el funcionamiento de la empresa, aquellos que necesitaban los obreros para conseguir que la fábrica no parara: las cuchillas, las limas, los buzos, gafas, etc. etc. Lógicamente en esta nave se encontraba las oficinas que controlaban las salidas y entradas del material.

LA OFICINA CENTRAL

Es, como ya hemos dicho, un edificio de piedra donde la fachada principal está orientada hacia el este, con tres plantas, una de ella abuhardillada y un sótano. En la parte trasera, que mira hacia el oeste, nos encontramos una zona con columnas que permiten el acceso al edificio y posibilitan la visión sobre la zona de comercios y viviendas de la calle, así como a la estación. A ambos lados de esta zona nos encontramos con dos ventas. En la planta superior se observan 10 ventanas todas con persianas de madera. En la zona del tejado existen dos zonas abuhardilladas.
En las zonas laterales nos con 5 ventanas en cada piso, en total 20 ventanas también todas con persianas de madera. En la zona Oeste, la que da al aparcamiento de bicis, tenemos una entrada central con una pequeña tejavana apoyada en los dos columnas. En la planta de abajo encontramos 10 ventanas de distinto tamaño; en el primer piso se observan 6 ventanas igualmente, de distinto tamaño. En la zona superior se observan tres ventanas abuhardilladas situadas en el centro.
La construcción de este edificio, está en relación con el deseo de la dirección de la empresa de dotarse de una Oficina Central, que estuviese acorde con el desarrollo de la empresa y que fuera un punto de referencia para todos los que se acercaran por la zona. Así que se pone en manos del arquitecto Deogracias Mariano Lastra López, nacido en Santander. Este arquitecto tiene fama por las construcciones llevadas a cabo en Santander, y que posteriormente, se va a observar en Los Corrales, donde la Iglesia de San Vicente y el Asilo van a ser obra de él, lo mismo que la casa Pilatti. Se va a encargar de llevar a cabo el proyecto, que más adelante llevaran a cabo los canteros de la zona. Uno de ellos, como nos indica Paulino Laguillo era “Anselmo Laguillo Fernández, vecino de Sovilla del Ayuntamiento de San Felices de Buelna, que estuvo en la labra y colocación de la figura de piedra que rematando la fachada principal envuelve el reloj, así como del pedestal de la estatua del fundador de la empresa…
Efectivamente, delante del edificio durante muchos años hubo una explanada que en fue acondicionada y ajardinada para, el 31 de octubre de 1925, colocar en el centro una estatua de D. José María Quijano, llevada a cabo por el escultor Victorio Macho. Hay que decir que el honor de descubrir dicha estatua correspondió a Pedro Ruiz Vargas, el productor más antiguo de la fábrica y que, en 1918, había recibido de manos del rey Alfonso XIII en su visita a la fábrica, la condecoración de la Medalla de Isabel II. Hay que tener en cuenta que, parece ser que el funcionamiento de la Oficina Central, a pesar de todo, no comenzó hasta marzo de 1926.
A partir de ese momento, cualquiera que accediese a la zona de la dirección se encontraba con la estatua del fundador. Es curioso indicar que, en el año de 1944 la imagen de la Virgen de Fátima, fue trasladada a España durante un período. Pues bien, el 19 de septiembre del mismo año, la imagen de la Virgen llegó al pueblo de Los Corrales y al día siguiente se llevó en procesión a la fábrica donde fue recibida por los obreros. Allí al lado de la estatua del fundador y delante de la Oficina Central, el padre Lammie de Clairac, dio un fervoroso sermón a los obreros, procediendo estos posteriormente al traslado de la imagen fuera de la fábrica, para que continuara su viaje.
En septiembre de 1998, con motivo de la celebración del 125 Aniversario de la fundación de Trifilerias Quijano, la estatua, con el beneplácito de la empresa y de los herederos de José María Quijano, se traslada fuera de la fábrica para situarla al frente de portalada de la casa de nacimiento del fundador de la fábrica, situada en La Rasilla. Cumple dos funciones, una, recordar la figura del fundador de las Forjas de Buelna, que tuvo un importante papel en el desarrollo del Ayuntamiento y, por otro lado, cumple la función de dar a conocer la capacidad artística de Victorio Macho. Parece ser que no todos valoran esto, de hecho muchas veces la estatua aparece pintada y por otro, la Corporación municipal no procede a su limpieza.
Pero volvamos a la Oficina Central. Después de su subir una escalinata accedemos a su interior. Allí nos encontrábamos las oficinas del personal, la zona del teléfono que permitía comunicarse con todas las zonas de fábrica y con el exterior de la misma. También estaba la zona de fotocopiadoras. Se encontraba el Departamento de Delineantes, que jugaban un papel importante en el funcionamiento de la empresa. En la parte de arriba, en la zona abuhardillada en ocasiones actuó como vivienda de algunos de los directores de la fábrica, aunque no era la habitual. En ocasiones uno de los directores de la fábrica, vivía en Santander y a la hora de la comida lo hacía en esta zona. Parece que con el tiempo esta zona paso a estar ocupada por un empleado de la fábrica cuya función era la de mantener en buen cuidado la Oficina General y la casa, cuando los empleados terminaban su jornada.
En la parte de abajo, en el sótano, estaba el Archivo de Planos. Solo una vez tuve acceso a la Oficina Central, fue meses antes del 125 Aniversario de la fundación de la empresa. Fuimos como representantes de la Asociación Olna Cultural, que participó en algunos actos del aniversario. Éramos Luis Fernández, el presidente, Miguel Villamuera y yo. Lógicamente contábamos con el beneplácito de la dirección de la empresa. Nuestro objetivo era obtener piezas que pudiéramos presentar en la exposición que se iba a realizar. En el sótano, encontramos una gran cantidad de material de todo tipo, en muy malas condiciones de conservación. Allí había una enorme cantidad de planos realizados en papel vegetal y en láminas de dibujo. Estos estaban bien colocados y daba la sensación que bien conservados. Eran de todo tipo, allí estaba el dibujo de las piezas componían las máquinas para que, en caso de ruptura o desgaste, torneros y ajustadores de la fábrica pasaran a elaborar los repuestos y que la producción no parase.
Pero había más cosas, y éstas si estaban claramente abandonadas, tiradas por el suelo, caídas de las estanterías. Lo que más nos llamó atención fueron unos ciento y pico libros en los que se recogían todas las facturas por las compra y venta de productos de la empresa a lo largo de los años; habían muchas cartas giradas entre las distinta empresas de toda Europa con la que había intercambios, etc. La situación de estos volúmenes dejaba mucho que desear, telarañas, polillas, todo en camino de ser destruido. Dimos cuenta de su existencia de tal material y sus condiciones. ¿Qué pasó con toda esta información? Posiblemente, las polillas estén muy agradecidas y llevando a cabo su actividad de eliminadora de lo “inservible”.
Según me cuentan, que parece ser que durante la guerra civil, estos sótanos de la Oficina Central se convirtió en refugio frente a los ataques de la aviación nacional.

ENTRADA DE FÁBRICA

Caminando en dirección río y a la derecha, vemos un precioso edificio situado de tras de una importante pared de piedra que separa la fábrica y la carretera. Hace ya mucho tiempo que en esta acera existían plantados árboles, pero ya han desaparecido. Siguiendo andando, llegamos a una portilla totalmente cerrada y cubierta, para que no se vea nada del interior. Si pudiéramos verlo, nos encontraríamos con un enorme descampado con todos los edificios derribados y en el que únicamente está levantado, al que en principio nos referíamos.
Pero esto, no ha sido siempre así. Si nos retraemos unos cuantos años, nos encontramos que ésta era una zona más de la fábrica, dedicada más que a la producción a la dirección de la misma.
Lo primero que nos encontrábamos era con la portilla de acceso, en la que estaba el portero y el chapero donde los que trabajan en la zona, colocaban su chapa identificativa. Por medio de la portilla pasaba la vía del tren, que permitía trasladar materiales desde la estación hacia el interior de la fábrica. Ya hemos comentado que durante mucho tiempo dos locomotoras estuvieron abandonadas al final de la vía, aunque con buen criterio han sido restauradas.
Entrando por la portilla y girando hacia la derecha vemos un enorme edificio, totalmente abandonado, y que pese a estar realizado con piedras, ya comienza a dar síntomas de deterioro. Estamos frente lo que fue la Oficina Central de la empresa.

APARCAMIENTO DE BICICLETAS

Continuando el paseo en dirección a la fábrica, nos encontramos con un espacio cerrado de unas características curiosas. Es un espacio más o menos cuadrangular delimitado por altas paredes y con una puerta que permite ver el interior y en el que no existe nada de tejado. Es un espacio abandonado, con la aparición de matojos, arbustos, concentración de basura y con la pared del fondo desplomada y con toda la superficie del recinto aplanada y encementada.
¿Cuál era la función de esta superficie? Los que tenemos unos años, y que cotidianamente pasábamos por la zona, camino del río, de la cooperativa, o a los comercios de la zona, no tenemos ninguna duda. Pero las personas que se han incorporado recientemente o que son jóvenes y que ya no tienen ninguna necesidad de ir por allí, el conocimiento ya no es están claro. Es posible que conozcan lo que fue, pero con muy pocas posibilidades de que valoren, lo que este espacio representó.
Este espacio era el antiguo aparcamiento de las “bicis” con la que los obreros se desplazaban al trabajo. Ahora en cuanto un joven ha cumplido los 18 años, automáticamente, como regalo por su esfuerzo, los padres le pagan el carnet de conducir y cuando cobran el primer sueldo, el automóvil está esperando. Pero no siempre fue así. A la escuela íbamos andando y los que venían de los pueblo más lejanos, como Coo, Lobao (es curioso en las Actas municipales solo aparece como Lobado) o de la Contrina, se desplazaban andando y en el mejor de los casos en bicicleta. Eso obligaba a que en el Colegio de La Salle, en el patio, donde hace tiempo se construyeran varias aulas, era el lugar donde nosotros jugábamos al frontón y aparcaban las bicicletas, quienes las tenían. Ahora los alumnos van a clase en autobús. Me acuerdo que en primer año de docencia, me tenía que desplazar desde la Colonia Authi hasta el “Orbe Cano”, y siempre lo hice andando, muchos de los alumnos del pueblo se desplazaban en autobús. Los cambios de la vida.
En todo caso, y volviendo a lo nuestro, eran muchos los obreros que se desplazaban de sus casas a la fábrica en bicicletas, con lo que se originaba un problema en donde aparcarlas, evitar los amontonamientos, discusiones, etc. Así que la dirección de la fábrica, tomó la decisión de crear unos aparcamientos para las “bicis”. Es cierto que este aparcamiento era el más importante, pero creo recordar que hubo alguna más. Uno a la salida de la fábrica por la Hoya donde a la salida del canal se construyó sobre el mismo una plataforma y se cubrió con una tejavana y allí se aparcaban las bicicletas.
La zona de aparcamiento más grande era, sin lugar a dudas, la que se encontraba en esta zona de la Avenida. Allí había varias zonas cubiertas con ganchos que permitían colgar las bicicletas por una de las ruedas. Esto permitía que muchos obreros pudiesen aparcar sus bicicletas sin perder el tiempo. No había sitio asignado a cada obrero, lo habitual era que cada uno aparcara su “bici” según sus preferencias o su orden de llegada.
Eso sucedía con los obreros, pero las cosas cambiaban con los empleados. A estos la empresa les dotaba de una bicicleta para que pudieran desplazarse por la fábrica para atender a su cometido sin perder tiempo. Esta era una bicicleta BH 700 de color negro y con frenos de varillas, no de cables. Presentaban la característica de que la barra que iba de la zona del sillín hasta la zona del manillar, existía una pequeña placa pintada de color amarillo, en lo que ponía en negro, Trefilerías Quijano. Muchos de los empleados tenían esta bicicleta asignada, salvo Sariego, que con frecuencia tenía que desplazarse hasta zona de Lombera, y la empresa considero oportuno asignarle una velosolex, lo que le hizo ser la comidilla del resto.
¿Os imagináis el movimiento de bicicletas a la hora de entrada y salidas? ENTRADA DE FÁBRICA Caminando en dirección río y a la derecha, vemos un precioso edificio situado de tras de una importante pared de piedra que separa la fábrica y la carretera. Hace ya mucho tiempo que en esta acera existían plantados árboles, pero ya han desaparecido. Siguiendo andando, llegamos a una portilla totalmente cerrada y cubierta, para que no se vea nada del interior. Si pudiéramos verlo, nos encontraríamos con un enorme descampado con todos los edificios derribados y en el que únicamente está levantado, al que en principio nos referíamos.
Pero esto, no ha sido siempre así. Si nos retraemos unos cuantos años, nos encontramos que ésta era una zona más de la fábrica, dedicada más que a la producción a la dirección de la misma.
Lo primero que nos encontrábamos era con la portilla de acceso, en la que estaba el portero y el chapero donde los que trabajan en la zona, colocaban su chapa identificativa. Por medio de la portilla pasaba la vía del tren, que permitía trasladar materiales desde la estación hacia el interior de la fábrica. Ya hemos comentado que durante mucho tiempo dos locomotoras estuvieron abandonadas al final de la vía, aunque con buen criterio han sido restauradas.
Entrando por la portilla y girando hacia la derecha vemos un enorme edificio, totalmente abandonado, y que pese a estar realizado con piedras, ya comienza a dar síntomas de deterioro. Estamos frente lo que fue la Oficina Central de la empresa.
 Jesús Palacios en bici, por la avenida José Mª Quijano, viniendo por enfrente de lo que después fue la joyería-relojería González.

VOLVEREMOS A BRINDAR SANTANDER

Cristina Oyarzabal nos ofrece la canción de Lucía Gil - Volveremos a brindar, con las inigualables imágenes de Santander, captadas por Martha Bravo