26 marzo 2020

LA FONDONA

En ocasiones, uno parece que conoce muchas cosas de su pueblo, pero cuando intenta profundizar en ese conocimiento, se da cuenta que lo único que tienes son profundas lagunas sobre el mismo. A lo largo de este “trabajo” sobre una calle de nuestro pueblo, han sido muchas las personas que han solventado mis carencias sobre el tema. Pero de hecho, la que más me llamó la atención fue mi desconocimiento total de la existencia de un edificio, al que le denominaban como “La Fondona”. Es curioso que, cuando tuve conocimiento de su existencia y preguntaba a otras personas, estás también desconocieran su existencia. Veamos donde se ubicaba y cuáles eran sus funciones.
La Fondona estaba situada muy cerca de lo que ahora conocemos como el botiquín de Nissan, hacia donde están las naves de Mecobusa. Este edificio fue derruido y actualmente no quedan vestigios del mismo. En cambio si quedan recuerdos en la memoria de los que allí estuvieron e incluso vivieron en él.
El nombre de Fondona, no tiene ninguna relación con la actividad de sus inicios. Antes, el edificio había sido uno de los molinos que existían en el valle, de hecho era conocido como el molino de San Ignacio, situado en la zona de La Horcada, cuya función era la molienda de cereales. Pero, el 20 de octubre de 1883, José María Quijano procede a su compra. Es un edificio de forma rectangular de ciento veintiséis pies de largo por sesenta de ancho, aproximadamente de cuarenta por veinte metros, con tres alturas o plantas y desván. En este edificio se desarrolló la instalación completa de trefilería y galvanizado. Pero las cosas van cambiando. En Europa se están produciendo avances tecnológicos y José María Quijano asume estas innovaciones, lo que hace que, poco a poco, el edificio de San Jorge va perdiendo su importancia dentro del sistema productivo de la fábrica y pasa a tener otras funciones.
A partir de ese momento, José María Quijano decide destinar el edificio como lugar de vivienda para las personas que, poco a poco, se iban incorporando a la empresa, y que provenían de distintas zonas de la provincia y de otras limítrofes. La fábrica pasó a ser centro de atracción para personas proveniente de la cuenca alta del Besaya, de la zona de Liebana y de la zona oriental de Asturias. Con el tiempo esa atracción se fue extendiendo a la zona de Castilla, fundamentalmente hacia Palencia. ¿Quién no se acuerda de “los maquetos”? Posiblemente muchos tenemos algún “maqueto” entre nuestros antepasados. Yo, por suerte, tengo una parte de mis antepasados en la zona de Palencia. Cosas de la vida.
En esos momentos el edificio pasó a estar integrado por 18 viviendas, repartidas en tres pisos con seis viviendas cada uno. El interior de la Fondona, era idéntica en las tres plantas, un amplio pasillo a cuyos lados estaban las puertas de acceso a las viviendas. El pasillo era tan ancho que era frecuente, sobre todo en invierno, ver a los hijos de los obreros estar jugando en el mismo. Una vez atravesada la puerta de la casa se encontraba el salón, donde estaba instalada la cocina de carbón que se utilizaba durante todo el año; en el centro se encontraba la mesa con las sillas donde la familia se reunía para comer o cenar; el padre estaba, dependiendo del turno de trabajo. Es posible que en las casas con mayores recursos pudiera existir un aparato de radio de la época que amenizarían la vida de la familia. Además había otras tres habitaciones, donde vivían los integrantes de la familia, y además había una pequeña habitación donde estaba el servicio y lavabo. Todo muy distinto a nuestras casas actuales.
En frente a La Fondona, antes de llegar a la carretera, había una plaza sumamente importante para los residente en la misma, pero fundamentalmente para los niños que vivían allí. En los días de buen tiempo allí se salía practicar los juegos de la época. En los días del mal tiempo no quedaba más remedio que la casa, o los amplios pasillos que había en los pisos, aunque aquí corrían el riesgo de las broncas de los vecinos.
Es curioso observar, que los dueños de la fábrica no solo daba trabajo a vecinos del pueblo y de otros lugares, si no que siempre se preocupó por dar vivienda a sus obreros, fruto de ellos fueron los distintos barrios que surgieron en el pueblo. Y además de la vivienda, esta iba acompañada por un importante terreno que se podría cultivar y un gallinero. A los obreros que vivían en La Fondona, tenían asignado una pequeña huerta situada en la finca de la Horcada. Allí las familias podían sembrar distintos tipos de productos hortícolas, que venía a suponer una importante aportación a la familia. También era frecuente la presencia de distintos árboles frutales que hacían las delicias de los niños de La Fondona cuando iban a “robarlos” y, sobre todo si no les pillaban los dueños. Así hay varias personas que en aquella eran época eran muy jóvenes tenían puestos los ojos en los árboles frutales de Julio Portilla y su esposa María. Cuando estos frutos maduraban, era el momento de darse un “atracón” de piescos, manzanas o nueces.
Las personas que vivieron en La Fondona fueron bastantes, pues si bien, como ya hemos indicado, existían 18 viviendas, lo cierto es que a lo largo de su periodo de funcionamiento, algunas familias por distintas razones abandonaban la vivienda, y automáticamente la fábrica se la asignaba a otra familia.
En todo caso éstas son las referencias que he obtenido, aunque hay muchas personas que tenían más información.
En el primer piso estuvieron viviendo los Orcajos; una familia, que tenían un hijo llamado Miguel, al que no le gustaba que le llamaran “Miguelito”, con lo cual todos suponemos lo que consiguió. Estaba también Lan; Ramona que era soltera; y estaba la familia de Emilia y su marido (no conseguí el nombre), que vinieron del Valle de Iguña y después pues pasaron a vivir a Cieza.
En el segundo piso vivieron Pancho Arminio y su madre Dolores, personas que de cierto poder adquisitivo pasaban los inviernos en Chile y el verano aquí, en el pueblo; también vivía Severino, que tenía un carácter muy emprendedor y con grandes conocimientos como mecánico y que llegó a fabricar una máquina para elaborar fideos; también vivía María, la de Collado; y también en este piso vivió la familia de Villamuera.
Ya en el tercer piso nos encontramos a Anacleto; el Che, persona al parecer muy inteligente; también estaba María, la de Portilla; María, con su hija de nombre Elena y por último la familia Urreta.
Una de las personas que vivió en las casas de la Fondona, concretamente una de las que había en la 1ª planta, fue Saturnino López y su esposa, que anteriormente residían en el pueblo de Quintana. Él, vino solo al pueblo. Cuando le dieron una casa en La Fondona, se trasladó con su familia a Los Corrales. Él era un obrero que trabajaba en la fundición, lugar de trabajo de condiciones muy duras. Era una jornada de trabajo soportando un calor elevado, un aire contaminado, y continuo traslado de chatarra de hierro al horno. En una ocasión, entre la chatarra que se tiraba al horno, iba una bomba de la Guerra Civil, provocando una explosión que afectó a varios obreros y con mayor virulencia a Saturnino, al que el médico le dio muy pocas posibilidades de vida, ante lo cual el sacerdote decidió darle la Extremaunción, por si acaso no llegaba al Hospital de Valdecilla. Contra todo lo previsible, Saturnino salió de aquel profundo bache y continuó trabajando.
Otra de las familias que estuvieron viviendo fue la formada por Silverio Villamuera y su esposa Afrodisia Andrés. Ambos eran originarios de las tierras castellanas. De hecho Silverio, era originario de la provincia de Palencia, concretamente del pueblo de Becerril del Campo, y su esposa era de un pueblo de la provincia de Burgos cerca de Palencia.
Con el tiempo ya casados se trasladan a vivir a la zona de Cartes, dado que Silverio había entrado a trabajar en las minas de Reocín, como conductor de la locomotora que transportaba los minerales de la mina al exterior.
Allí estuvo trabajando durante un tiempo en que se le ofreció un trabajo en la fábrica de Quijano en Los Corrales. El sueldo era mayor, las condiciones de vida también mejoraban para él y su familia y, profesionalmente seguía desempeñando el mismo oficio de conductor de la locomotora, “La Tonina”, que transportaba mercancías desde la vía del tren hasta el fondo de la fábrica. Su hijo mayor, Miguel, con el paso del tiempo desempeño en la fábrica el mismo oficio de maquinista de “La Tonina”. Esta parece que en un momento dado fue vendida a un hotel o algo por el estilo como elemento de referencia del mismo. ¿Lugar? No he sido capaz de averiguarlo.
La familia antes de pasar a vivir en La Fondona, estuvieron un tiempo residiendo en San Mateo. Tuvo que esperar un tiempo para que hubiera un piso libre en La Fondona para ir a vivir allí. Su piso era igual a los del resto de las personas que allí vivían. Tenían su pequeño huerto, situado al lado de la Cooperativa, en la que los árboles frutales debían ser muy interesantes, pues su nieto Miguel, tiene muchos recuerdos de dichos árboles, no por observar sus frutos, sino por su sabor, máxime si eran del vecino.
Otra de las familias que vivieron allí fue por la formada por Faustino Sánchez y Aurora Noriega. Faustino era originario de San Vicente de la Barquera, donde ejercía como maquinista de un barco pesquero de vapor. Su mujer, Aurora, era originaria de Revilla, pueblo cercano a San Vicente. Tuvieron 4 hijos, Toño, conocido de manera cariñosa como el “Tortuga”, Tino, Amalia e Inés.
Durante la Guerra Civil, Faustino era un falangista, que fue detenido y trasladado a la cárcel del pueblo y más tarde trasladado al Penal del Dueso, en Santoña. Por otro lado, su esposa Aurora, fue desposeída de su casa y tuvo que trasladarse a Revilla, donde contó con el apoyo de su familia, de hecho sus hijos fueron acogidos por sus tíos, mientras se solucionaba la situación.
La estancia de Faustino en el Penal del Dueso, no debió de ser muy agradable, pero su estancia allí, le dio la posibilidad de satisfacer su deseo de que sus hijos no tuvieran nunca que enfrentarse al duro y peligroso trabajo en el mar. De hecho, en el penal coincidió con José Antonio, el de la Casona de San Mateo. En ocasiones, cuando charlaban en el patio del penal José Antonio le decía: “Si algún día salimos de aquí, tú te vienes a Los Corrales”. Y así fue. Con la toma de la provincia por parte de los nacionales, se cumple la promesa de José Antonio y Faustino entró a trabajar en la fábrica de Trefilerías Quijano. Con el tiempo Faustino fue trasladado al taller de reparaciones.
Cuando se desplazó a Los Corrales, lo hizo solo, pues no tenía casa en la que situarse con su familia. Durante un tiempo, estuvo en la Fonda Buelna, en la que convivió con Arcadio Bustillo, persona que ejercía la actividad de representante. Posteriormente la fábrica le designó una casa en La Fondona, situada en el primer piso. Parece que su ubicación no era muy buena, pues no había mucha claridad y durante el invierno había que gastar mucho carbón en la cocina. De hecho, más tarde tuvieron la posibilidad de trasladarse al tercer piso, y se acogieron a ella.
Fueron más personas a las que podíamos pedir información. Pero las cosas van cambiando. La fábrica ve que La Fondona, es un espacio necesario para el desarrollo industrial y no es rentable seguirlo usando como zona de vivienda. Así hacia el año 1955, la empresa crea nuevo barrio situado en la zona del Bardalón. El nuevo barrio llevará el nombre de San Fernando, una zona pedregosa, que se cubren con la tierra que se extrae de la zona pantanosa del el limo o tierra que después va a ser la huerta que había en cada casa. Son casas de planta baja, con una buena huerta. Hay siempre dos casas adosadas de planta baja, con una buena extensión de huerta, pero en principio, por lo que dicen no muy productiva por el origen de la tierra que vertida en ella.
Además de La Fondona, en la zona había varios edificios con funciones diferentes. Así había una casa donde vivía Catalina, y que era la residencia de donde los ingenieros de la fábrica solían ir a comer. Parece según comentan también en ocasiones los ingenieros utilizaban las habitaciones para dormir.
También estaba la casa de Matías Varela, que regentaba un pequeño bar, en el que además tenía un pequeño horno en el que se elaboraba pan, que posteriormente vendían a los obreros para sus bocadillos.
En las cercanías de la fundición, los obreros depositaban los restos de la misma, dando lugar a una planicie en la zona. Era frecuente que en esta zona hubiesen cerdos que se traían con destino al matadero, y allí permanecían un tiempo. Los amos de los cerdos solían alimentarlos con bellotas. Los niños de La Fondona, cuando esto ocurría no dudaban en ir a coger las bellotas para comerlas. ¿Comer bellotas? Hace años, cuando estaba en la Universidad, un compañero de clase, que provenía del campo salmantino, apareció en clase con un puñado de bellotas que cogía en los encinares. Las probé y la verdad que resultaron algo tan agradable como las castañas o las nueces. Por eso no me extraña, que los niños compitieran con los animales para hacerse con ellas.

2 comentarios:

Palacios dijo...

Yo, comía bellotas cuando era niño, con mi amigo Andrés Pilatti, de un roble que había a la orilla del Muriago donde ahora está el puente que entra de Santa Margarita a la colonia Authi.

Palacios dijo...

Bueno, pues os voy a decir una cosa: ¿Cuándo se derribó la fondona? Porque yo, cada vez que paso por la zona del botiquín de la Nissan (por la carretera de la Cooperativa, quiero decir), algo en mi memoria me dice que allí, en aquella explanada por detrás del botiquín, falta un edificio grande, de varias plantas, con apariencia de antiguo molino... Tal vez llegué a verlo cuando era pequeño?