España es uno de los países con mayor número de bares del mundo. Cada calle que se peatonaliza se convierte en una serie ininterrumpida de terrazas. Las calles se cierran al tráfico de vehículos y abrimos autovías al alcohol y sin embargo nos rasgamos las vestiduras ante el comportamiento de nuestros jóvenes cuando practican el botellón, que no es otra cosa que lo que han visto y aprendido de sus mayores.
Como las familias no pueden atender a sus hijos por falta de tiempo, se ha delegado la educación de los jóvenes exclusivamente en los docentes, a los que previamente se los ha quitado autoridad, para dársela a los alumnos, para que estos no se traumaticen. Todo ello enmarcado en un sistema educativo en el que impera la ley del mínimo esfuerzo.
Hemos quitado los crucifijos de las aulas, para que no atenten contra la libertad de nuestros jóvenes y lo hemos sustituido por un dios más moderno, en forma de teléfono móvil. Este nuevo dios, que reciben a temprana edad, no es sino una secta que los aleja de nosotros, y los introduce en un nuevo mundo donde la pornografía, la ludopatía y otros muchos peligros ocultos en la red los están esperando agazapadas.
Hemos quitado los crucifijos de las aulas, para que no atenten contra la libertad de nuestros jóvenes y lo hemos sustituido por un dios más moderno, en forma de teléfono móvil. Este nuevo dios, que reciben a temprana edad, no es sino una secta que los aleja de nosotros, y los introduce en un nuevo mundo donde la pornografía, la ludopatía y otros muchos peligros ocultos en la red los están esperando agazapadas.
No caben por lo tanto lamentos, ya que tenemos la juventud que nosotros hemos diseñado, porque cada sociedad tiene la juventud que se merece.
A. José Salas, en Cartas al Director, de El Diario Montañés.
