18 marzo 2019

UN LUGAR EN EL MUNDO

Soy maestro y sé que a los niños les gusta desarrollar habilidades, sentirse útiles. Les gustan también los ambientes bellos, y organizados. Y la aventura, el riesgo, la exploración. Y la competición. No parece lógico que esas inquietudes se evaporen luego en muchos individuos. Ya en la escuela, muchos se ven frustrados porque, suspenso tras suspenso, no pueden dar el nivel. Aceptar que no vales es un proceso duro; no sólo es tu orgullo, tus ansias de integración, es que tienes que llenar también, después en la juventud y en el resto de tu vida, ese tedio, ese vacío. Por otro lado, la mayoría de las sociedades, como la española, no ofrecen unos entornos, ni de trabajo ni de ocio, que sean inspiradores, por su estética ni por su organización; los museos, las orquestas, el activismo y las universidades son poco accesibles, sólo a gente bien preparada, con posibles y con esperanza. Antiguamente, muchos hallaban su papel en la guerra, en la maternidad, en la religión... cosas fáciles. No es extraño que hoy se den al botellón, donde por lo menos tienen la sensación del grupo, del rebaño; y tienen al menos el buen gusto de hacerlo, cuando les es posible, en sitios recónditos, frondosos, sitios aptos para el amor y la ensoñación, que huelen a otros mundos. Y así explico yo que se metan en grupos racistas y de ideologías incívicas; pues si sus afanes de construcción, de emoción y de sentimiento no pueden realizarse, tienen que darse a la destrucción y la violencia para dejar alguna huella, y para obtener cierta sensación de existencia. Creo que va a ir a más, porque las profesiones son cada vez más especializadas. Y es que ser bueno, a partir de ciertos límites, no suele compensar.
Adolfo Palacios González en Cartas al Director, de El Diario Montañés

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