Todos conocemos los efectos del fanatismo de determinadas religiones, algunas de las cuales tratan de imponer su doctrina a los demás hasta con la sinrazón de las armas.
Si la dictadura religiosa es reprobable, no es menos la que maliciosamente actúa paralelamente a la anterior pero en el sentido contrario, es decir, la que quiere obligarnos a la intransigente “irreligión laicista”, que en estos tiempos próximos a la Navidad se afana en evitar reconocer que en estas fechas se celebra el nacimiento de la persona más importante de la historia de la humanidad.
Esta moderna corriente practica la política del avestruz, tratando de ignorar la importancia que la religión cristiana ha tenido en todas las manifestaciones sociales, culturales, éticas y morales en la cultura europea, creando universidades y siendo, les guste o no les guste a algunos, la base de la civilización occidental, habiendo tenido a lo largo de la historia infinidad de inteligencias preclaras en las ciencias, las letras y las artes, que han servido para el desarrollo y la evolución, con sus virtudes y defectos, de la sociedad actual de la que formamos parte.
A. José Salas, en Cartas al Director, del Diario Montañés
