16 marzo 2013

LOS ABUSOS DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS

En España, los partidos han creado 400.000 cargos públicos, el doble de los que hay en Alemania, cuya población es dos veces la de España. En 1977, los contribuyentes españoles pagaban a 700.000 funcionarios; hoy, a 3.200.000. Los partidos se han dedicado a colocar en las Administraciones públicas, generalmente a dedo, a sus parientes y paniaguados. Los partidos han construido 17 Estados de pitiminí en los que se derrocha el dinero a manos llenas en palacios, edificios suntuosos, viajes gratis total, incesantes banquetes, ejércitos de asesores, colaboradores, secretarias, jefes de gabinete, escoltas y choferes. La caravana de coches oficiales se eleva por encima de la cifra desmesurada de 50.000, cuando tanto Cameron, en Inglaterra, como Hollande, en Francia, la han reducido prácticamente a cero. Las facturas de gasolina, mantenimiento, reparaciones y seguros de esos automóviles son descomunales. Los partidos se han inventado 4.000 empresas públicas, casi todas deficitarias, pero que sirven para colocar a parientes y enchufados. Los partidos han multiplicado el número de palacios y edificios oficiales con gastos abrumadores de mantenimiento, limpieza, seguridad, teléfonos, material de oficina. Algún organismo que puede funcionar perfectamente en mil metros cuadrados, como el Instituto Cervantes, ocupa el colosal edificio del antiguo Banco Central.
Los partidos no reparan en gastos internos porque el 90% de lo que derrochan se paga a través de subvenciones directas o indirectas de las cuatro Administraciones: la central, la autonómica, la provincial y la municipal. Además, han recibido ingresos, que ellos mismos deciden, por cada voto obtenido, por cada diputado o senador conseguido, incluso por cada elector que figura en el censo, amén de sufragar a cargo del Estado los más diversos gastos de las campañas electorales. Como adenda todas estas cifras del despilfarro hay que añadir que la clase política nos ha endeudado en más de 800.000 millones de euros. Solo los intereses que pagamos por esa deuda se elevan, números redondos, a los 40.000 millones, cantidad similar a la que destinamos para pagar el presupuesto de todos los Ministerios.
El abuso de los partidos -y de las centrales sindicales se puede decir lo mismo- no termina ahí. La ciudadanía sufraga las numerosas prebendas de los políticos, dietas, jubilaciones, indemnizaciones, atención sanitaria, ayuda para el transporte y la biblia en pasta damasquinada. Dejo aparte la corrupción, que crece pero que no está generalizada. La clase política española, en general, es mediocre y voraz pero no corrupta.
Como todas estas cifras y otras muchas han ido transcendiendo, la opinión pública considera que los partidos políticos se han convertido en el tercero de los diez grandes problemas que atosigan a los españoles. Los ciudadanos aborrecen a los partidos políticos. Mucho cuidado. Eso ocurrió ya en el primer tercio del siglo pasado y el resultado de la repulsa generalizada fue el estalinismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el fascismo en Italia, el franquismo en España y el salazarismo en Portugal. A los partidos políticos hay que embridarlos y regenerarlos democráticamente, no destruirlos, porque son imprescindibles para el ejercicio de una democracia plena y pluralista. La primera medida para su regeneración consiste en establecer por ley que no puedan gastar un euro más de lo que ingresan a través de las cuotas de sus afiliados.
El cinismo de los partidos políticos, en fin, se ha convertido ya en escándalo nacional. Si sus dirigentes no se dan cuenta del rechazo general que provocan y no se regeneran desde dentro, se enfrentarán un día no lejano con el estallido de la indignación popular.

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